El juicio ante Pilato
   

La sentencia dada por el tribunal de los judíos debía ser revisada y ejecutada por el procurador romano Poncio Pilato. Bastante temprano llevaron a Jesús hasta el pretorio, y Pilato escuchó las acusaciones: lo acusaban de alborotar al pueblo, oposición a pagar los impuestos al César y que se proclamaba el Cristo Rey.

Pilato interrogó a Jesús acerca de estos cargos. Sobre si era rey, le respondió:

-Soy rey, pero mi reino no es de este mundo.

El procurador vio que era inocente y as! lo manifestó. En ese momento acudió la turba a pedir el indulto que, según costumbre, se daba con ocasión de la Pascua. Pilato les dio a elegir entre un asesino llamado Barrabás o Jesús. Los principes de los sacerdotes incitaron a la turba a que gritara:

-¡Haz morir a éste, y suéltanos a Barrabás!

-¿Qué hago con Jesús que se llama el Cristo?

-¡Crucifícale, crucifícale!

-Yo no hallo en él causa de muerte; lo castigaré y lo soltaré.

-¡Crucifícale, crucifícale!

   

Pilato mandó soltar a Barrabás y que azotaran a Jesús. En el patio lo desnudaron y lo torturaron a latigazos; tejieron una corona de espinos y se la clavaron en la cabeza; le echaron encima de las espaldas un trapo rojo como manto real, y entre las manos le pusieron una caña como cetro.

   

Con este humillante aspecto lo presentó Pilato al pueblo.

-¡Éste es el hombre!

-¡Crucifícale! Según nuestra ley debe morir porque se dice Hijo de Dios.

Pilato se rindió, y se lavó las manos ante el pueblo, mientras decía: "Soy inocente de la muerte de este justo". Así lo entregó para que lo crucificaran.

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