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LA GRANDEZA DE LA VOLUNTAD

 

     La voluntad es una de las piezas claves de la personalidad. No se tiene voluntad porque sí, sino que se llega a una cierto grado de ella a través de una educación gradual, progresiva. Voluntad es aquella capacidad que lleva a hacer algo anticipando consecuencias. El estudiante que en febrero o marzo estudia a fondo, pensando en los exámenes de junio. El tema de la voluntad nos toca a todos de forma directa. La vida, con sus exámenes, va dando cuenta de si hemos sabido educarla, para sacar de nosotros lo mejor que llevamos dentro. Porque cada uno es una promesa. Y así, mientras el adolescente está lleno de posibilidades, el adulto está lleno de realidades. Para un niño o un aolescente o un joven, educar la voluntad significa de entrada la negación del instante inmediato y el esfuerzo por no satisfacer lo-que-está-ahí a la vuelta de la esquina.

Ahí entra de lleno una distinción que se recoge en el pensamiento clásico, la diferencia entre desear y querer. La primera significa pretender algo desde el punto de vista afectivo, sentimiental; suele ser como una ráfaga que atraviesa nuestra mente sin dejar rastro. Querer, por el contrario, es buscar algo poniendo la voluntad por delante, con empeño y tesón, dejándose uno la piel en esa empresa. De ahí que se pueda decir que desea la persona porco madura y quiere el hombre hecho y sólido.

Voluntad es determinación, firmeza en los propósitos, solidez en las metas, no desanimarse ante las dificultades. Sabiendo que todo lo grande del hombre es hijo del esfuerzo y de la renuncia. El que tiene voluntad es más libre y lleva su vida hacia donde queire. Al ser el hombre perfectible y defectible, puede apuntar hacia lo mejor y también, abandonarse, ofreciendo de sí mismo una imagen pobre, desinflada, sin aspiraciones, de vuelo bajo, que va tirando de su existencia como se arrastra un peso muerto.

Cuando queremos alcanzar algo poniendo la voluntad en marcha, hay tres etapas importantes:

1) Saber lo que uno quiere: esto es fundamental. Tanto, que el que no sabe lo que quiere en la vida, no puede ser feliz. Después, poner los medios adecuados con ilusión. Dice Julián Marías que "la ilusión es un deseo con argumento asociado a la vida biográfica"

2) Viene después la determinación rotunda de que esa pretensión no sea algo fugaz, pasajero, sin consistencia, ocmo una tormenta de verano. De ahí que la voluntad sea una mezcla de disposición decidida, tesón, tenacidad, insistencia que no se doblega ante las dificultades e imprevistos, que es capaz de crecerse ante las dificultades... un hombre que obra de ese modo se va haciendo como una fortaleza amurallada. No habrá empresa que se le resista y, antes o después, irán llegando los frutos.

3) Por último está el mise au point de los franceses o el ready to go de los anglosajones: ponerse en movimiento.

El hombre con voluntad llega en la vida más lejos que el inteligente. De este modo, la voluntad se convierte en una segunda naturaleza. Ahí se engarzan sus contenidos más importantes: el orden, la constancia, la disciplina, la esperanza de ver algunas de esas cimas alcanzadas con el paso de los años. No hay que perder de vista que la mejor manera de acrecentar la voluntad es estando bien motivado hacia algo. El que llega a tenerla dispone de sí mismo, porque sabe vencerse. Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro, sino después de años de dejadez y abandono o de empuje, desvelos y obstinaciones repetidas. Labor de orfebrería de uno consigo mismo. Sócrates le decía a su amigo Hipócrates: "Un sabio es un comerciante que vende géneros de los que se nutre el alma." Por eso es tan importante la figura del educador. Se educa más por lo que se es y por la propia conducta que por lo que se dice. El ejemplo es el mejor predicador.

Hoy, muchos jóvenes sobre todo siguen lo que yo he llamdo la filosofía del me apetece: "Es que no tengo ganas", "no me apetece", "eso no me gusta", "aquello otro me cuesta mucho"... Por este derrotero llegamos a la fabricación de una persona caprichosa, blanda, apática, inconstante, veleta que se mueve según el viento que pasa cerca de ella, incapaz de ponerse metas y objetivos concretos... Una personalidad débil. Es la imagen del niño mimado que tanta pena produce al que lo observa: al no tener educada la voluntad se convierte en un muñeco de las circunstancias: traído y llevado y tiranizado por lo que en ese instante le pide el cuerpo. Alguien echado a perder, consentido, mal educado para cualquier tarea, estropeado, lo contrario de un hombre de una pieza.

Para mí, la voluntad es tan importante como la inteligencia. Es necesario el esfuerzo constante deportivo. El que lucha está siempre contento. El que llega a tener voluntad se convierte en un hombre recio, sólido, firme, consistente, que consigue lo que se propone. En su fondo aletea la alegría. El que tiene voluntad y es capaz de concretar sus objetivos, puede conseguir que sus sueños se hagan realidad.

 

Enrique Rojas

Suplemento Semanal

  


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